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LA IDEA

Alguna vez nos ha pasado a todos que al admirar un paisaje nos queda un sabor a poco, como si dentro de esa bella foto hubiera una profundidad que desconocemos.  Sentimos de pronto una necesidad casi visceral de conocer. Es la necesidad de mirar el paisaje,  correr el velo de la foto y leer la historia que le pertenece.  La profundidad que desconocíamos se nos revela  y por fin satisface ese vacío que sentíamos.

Este es el sentido de nuestro blog y de nuestro libro,  el de ser una forma nueva de conocer la geografía, admirar los paisajes a través de su historia.

En la  primavera de 2010 un amanecer nos sorprendió en una curva de la eterna ruta 40, entre Pilcaniyeu Viejo y Corralito, provincia de Río Negro.

Cuando los primeros rayos del sol iluminaron el cono nevado del volcán Lanín, no pudimos hacer otra cosa que detener el automóvil y admirar un paisaje notable por su profundidad y curiosa luminosidad y colorido.

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La falta de viento y humedad a esa hora permitía advertir todos los detalles que desde nuestra posición ya se desarrollaban con increíble rapidez: el estrecho cajón del río Pichileufu, que como una víbora que andando se sumergía en la profunda y oscura escotadura del río Limay; la denudada y pedregosa pampa de Alicura, y, más allá aún, las terrazas del Caleufu y del Collón Cura, una bandeja sobre la que el majestuoso volcán se erguía una vez más con la misma placidez que lo hace desde el siglo XVIII, cuando estuvo activo por última vez y cuando el Piloto Villarino lo avistó —desde más al norte— y lo llamó “Imperial”, aunque informó que los pobladores de la zona lo seguían llamando “Yajaunaujén”. Cuando el sol iluminó rasantemente el cono, las nieves eternas comenzaron a tomar un tono rosáceo que se hacía cada vez más notorio. Era una vista incomparable y pudimos atesorarla todos estos años no solo en nuestra memoria, ya que logramos unas excelentes tomas fotográficas.

Poco tiempo después, releyendo por centésima vez el libro de George Chaworth Musters “Vida entre los patagones”, ese magnífico relato del viajero inglés, tan bien escrito, que ilustra vívidamente el recorrido que hiciera junto a un grupo de indígenas tehuelches por Patagonia de sur a norte en 1869 —el primer no indígena en lograrlo— nos asombró la similitud de su descripción de la montaña iluminada, efectuada sin duda desde alguna elevación cercana —o quizás la misma— a la cual nosotros habíamos accedido.

Se dirigía al norte, al campamento del cacique Sayhueque, en la excursión que magistralmente describió y llamó con toda justeza “Las Manzanas”. Sin duda la imagen era la misma, y los sentimientos disparados exactamente iguales. El tiempo no había pasado y hacíamos nuestra su visión de la realidad. La distancia temporal entre ambas miradas —más de 140 años— quedó tan cercana que anidó en nosotros una idea que fue tomando cuerpo cada vez con mayor ímpetu: ¿y si recorremos Patagonia una vez más, esta vez con los ojos de Musters?

¿Si desde las frías aguas del Estrecho

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remontamos las ventosas latitudes patagónicas hasta el Lanín

 

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y hasta la desembocadura del río Negro

 

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reconociendo sus campamentos y los hitos geográficos que él reconociera ¿Será posible hoy, andando el siglo XXI, reeditar completa la visión de Musters y hacerla propia?

 

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En esta ocasión, del dicho al hecho hubo poco trecho. Fijamos nuestro campamento base en Bariloche, donde una cómoda casita alpina

 

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sería desde entonces el origen y el fin de todas nuestras excursiones, y nos dirigimos al extremo sur, allí donde el continente acaba entre aguas oscuras y brumosas, y los picos de la cordillera Darwin resaltan en un horizonte que demuda y estremece.

 

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Advertimos que completar el recorrido de Musters y reconocer todos los sitios en que acampó nos resultaría imposible en un solo viaje,  por lo que decidimos hacerlo en varias etapas, efectuadas en las mismas estaciones que Musters lo hiciera en su itinerario —que tardó más de un año en completar— de forma tal de apreciar el paisaje con los tonos, las luces y las sombras que el sol imprime en cada época del año.

Obviamente, en el crudo invierno patagónico y la época de deshielos en la cordillera que interrumpe todos los caminos, debieron adecuarse a los momentos cercanos y propicios para el cruce. Otro inconveniente era el que siempre deberíamos empezar desde el sur, ya que resultaba imposible seguir sus pasos en sentido contrario: el paisaje no era el mismo y sus notas perdían sentido. Era como atrasar las agujas del reloj mientras el sol avanza —como siempre— de este a oeste.

Así que nos tomamos el tiempo necesario, empleando casi tres años y más de 20.000 km recorridos para completar el extenso periplo del viajero, una y otra vez, identificando los lugares por donde pasó y los sitios donde la partida hacía sus campamentos.

Un hecho significativo nos ayudó sobremanera: las antiguas veredas indígenas fueron los posteriores caminos de tierra y hoy los pavimentados —cuando lo están—, por lo que no fueron muchos los sitios que tuvimos que identificar en terrenos alejados.

Descubrimos que había tres tipos de sitios: aquellos fácilmente ubicables pues son hitos geográficos notables, como el Cº Mowaish,

 

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la columna de Geylum

 

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o la lagunita de Tamel Aike;

 

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sitios ubicables por la descripción que hace del mismo y fácilmente hallables, como la costa del Estrecho de  Magallanes

 

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y finalmente otros que resulta difícil su ubicación precisa pues la descripción concuerda con infinidad de sitios en las inmediaciones. Sin embargo, su ubicación relativa era posible teniendo en cuenta la orientación del camino seguido.